Más del 10% de la población adulta en España reporta sentirse triste o descontenta de manera habitual, siendo la situación más frecuente entre las mujeres y los jóvenes. Según la Sociedad Española de Neurología (SEN), un 17% de las personas de entre 18 y 34 años se siente constantemente triste, en contraste con el 6,5% de los mayores de 60 años.
La tristeza prolongada puede alterar la salud cerebral, afectando la memoria y las emociones. El Dr. Jesús Porta-Etessam, presidente de la SEN, advierte que un estado emocional negativo puede disminuir neurotransmisores esenciales como la serotonina y la dopamina, lo que impacta en la conectividad y volumen de áreas cerebrales. A corto plazo, esto se traduce en problemas de concentración y gestión emocional, y a largo plazo, puede afectar la estructura del cerebro.
Además, la depresión, que a menudo surge de la tristeza prolongada, incrementa significativamente el riesgo de enfermedades neurológicas. Según el informe de la SEN, sufrir depresión aumenta en un 66% el riesgo de ictus y duplica el de epilepsia y Alzheimer. Hasta un 60% de los pacientes con depresión experimentan cefaleas, y se estima que un 10% de los nuevos casos de Alzheimer podrían estar vinculados a antecedentes depresivos.